Por Julia Merodio, escritora.- Fiel a la cita de cada año,la Iglesiavuelve a presentarnos la festividad de Todos los Santos. Tanto los que, por su relevancia, son conocidos como los que, anónimamente, quedaron en el silencio. Todos somos conscientes de que, hay santos de los que, ni siquiera conocemos sus nombres; desconocemos si pertenecieron a nuestra familia o no; tampoco sabemos donde residieron ni en qué época de la historia habitaron pero, lo que sí sabemos es, que se santificaron desde su trabajo bien hecho, su generosidad, su entrega… y que, ellos son los que nos ayudan y nos instan a que nosotros hagamos lo mismo.
De ahí que me haya atrevido a llamarlos: Los Santos sin nombre. Los: Santos Padres de Familia, santa Ama de Casa, San Jefe, san Peón, san Obrero, san Parado, san Profesor, santos Viudo-a, san Estudiante, san Religioso-a, san Sacerdote, san Obispo, san Arrendatario, san Millonario, san Mendigo…
Tengo que confesar que nunca me había preocupado de este tema, pero al remitirme a la historia para conocer algo de ello, he encontrado datos que quizá muchos conoceréis, pero que ofrezco porque me han parecido realmente importantes.
En los primeros tiempos del cristianismo no era común la idea del culto a los santos y mártires. Sin embargo, se celebraban solemnemente sus enterramientos y muchos creyentes, en trance de morir, pedían ser sepultados junto a las tumbas de los mártires. Fue, en el transcurso de los siglos, cuando brotó el impulso de rendir más importancia a su memoria y comenzaron a celebrar misas en los sepulcros de los que habían sido enterrados recientemente. Más adelante, empezaron a celebrar largas ceremonias funerales estableciendo un culto colectivo a todos los santos. En ellas hacían ofrendas, oraciones, cánticos, sacrificios…y esto fue nutriendo la tradición destinada a propiciar el favor de los escogidos del Señor.
Al llegar al pontificado, los Papas San Bonifacio IV y Gregorio III, cimentaron el propósito de dedicar un espacio del Santoral Litúrgico a quienes más se habían destacado por sus virtudes cristianas.
Pero llegan los detractores y, en el siglo VIII, destruyen todas las imágenes alusivas a Jesús,la Virgeny los Santos, reaccionan en contra de todo lo que pudiera referirse ala Iglesiay arrasan con tan significativo legado.
No obstante, gracias a Gregorio IV, empezó a renovarse este culto entronizando la festividad de todos los Santos, en el común, del día uno de noviembre. Desde entonces, la Iglesia, siempre con un acierto especial, nos invita a mirar al cielo para recordar a los innumerables santos que no cabrían en ningún calendario, pero que caben en una festividad: El día de Todos los Santos.
Esta fiesta, tan humana y cercana a todos nosotros, nos lleva a honrar también la memoria de los Santos que, como apuntaba anteriormente, no fueron glorificados en la tierra, que pasaron desapercibidos y creemos desconocidos, pero que quizá vivieron a nuestro lado, por lo que me obligado tratar de darles la honra que merecen.
Recordemos a esas personas de fe: que vivieron de manera sencilla; que hicieron el bien; que aceptaron la salud y la enfermedad, la riqueza y la pobreza, la aceptación y el rechazo; que supieron ayudar a los demás sin hacer ruido, sin salir en los medios de comunicación, sin que su nombre quedase grabado con letras de molde.
Esas personas generosas, sacrificadas, valientes, serviciales… que supieron llevar su Cruz junto al Señor. Esas personas que se levantaban por la mañana y su primer recuerdo era para su Dios y Señor. A ellas no les importaba correr para fichar, ni tenerse que tragar cualquier atasco… Ellas sabían en quién habían puesto su corazón y le daban el primer lugar de su vida teniendo, siempre, un momento para Él.
Así nos lo muestra S. Juan en el Apocalipsis, aunque no lo leamos demasiadas veces, esas personas eran “una enorme muchedumbre que nadie podía contar, venidos de todos los rincones de la tierra; con túnicas blancas y batiendo palmas, alabando sin cesar…” El pasaje es de una belleza absoluta. Os invito a leerlo, en este tiempo que nos toca vivir, en que la gente no tiene la menor ambición de ser santa, ni en buscar cómo amontonar sus tesoros en el cielo. Y no los juzgo ya que, también los que queremos seguir al Señor estamos muy equivocados sobre el concepto que tenemos de santidad.
Nosotros creemos que, para ser santos, tenemos que hacer muchas cosas por el Señor; no somos capaces de aceptar que es Él quien hace todo por nosotros. Él nos conduce; hace funcionar nuestro cerebro, refresca cada una de nuestras células, dirige nuestra respiración y nos infunde el Espíritu de vida.
Él nos renueva y fortalece; nos inhala vida y paz; despeja de nuestro interior el temor, la duda, las preocupaciones; llena nuestra vida de verdad y nos hace vibrar con el poder de su presencia en cada uno de nuestros actos.
Por eso a mí me parece que, el día de Todos los Santos, es el momento oportuno para tomar conciencia de que la santidad no es una utopía, ni algo de extrema complejidad. La santidad consiste en hacer grande lo pequeño y sublime lo trivial, sabiendo amar y regalar amor a cuantos se crucen en nuestro camino. Pero ¿cómo hacerlo?
Muy sencillo, sabiendo observar para darnos cuenta de que cada día de nuestra vida, es un milagro lleno de oportunidades y posibilidades para hacer el bien, para ayudar a los demás, para estar receptivo a todos los dones que se nos regalan. Para percibir, todas esas cosas sencillas que, por su evidencia pasamos por alto.
Os aseguro que, si lo hiciésemos así, nos daríamos cuenta de los gestos sinceros; del cariño de los nuestros; de tantas manos tendidas; de las sonrisas que se nos entregan… y de que, Dios ha puesto mucha gente admirable en nuestro camino.
Pero, sobre todo, seríamos capaces de valorar la oportunidad que se nos ofrece de seguir la senda de la santidad en cualquier momento de nuestra vida, sin importar lo que estemos haciendo, sino revisando dónde y cómo se encuentra nuestro corazón. Sin embargo, y a pesar de todo, no podremos eludir esos momentos en que notamos que tiran de de nosotros por todos los sitios. Tiempos, en que nos parece que el compromiso nos pesa demasiado. Épocas en que pensamos en abandonar…
Mas yo os digo: no demos cabida a esos pensamientos. No nos cansemos nunca de hacer el bien. No nos cansemos de volver a intentarlo. No digamos “ya no puedo más”
No os imagináis la fuerza que descubre, la persona que sigue haciendo un nuevo esfuerzo.
- Siempre se puede un poco más, cuando se trata de ayudar a los otros.
- Siempre se puede un poco más, cuando se trata de perdonar.
- Siempre se puede un poco más, cuando se trata de servir.
- Siempre se puede un poco más, cuando se trata de sufrir.
- Siempre se puede un poco más, cuando se trata de darte a los hermanos.
Porque siempre se puede ser un poco más optimista, un poco más confiado, un poco más valiente, un poco más agradecido. En definitiva, siempre se puede estar, un poco más cerca de la santidad.
Análisis Digital
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