sábado 25 de febrero de 2012

PRIMERA SANTA PIEL ROJA: KATERI TEKAKWITHA


“En esta época, cuando el principio del placer que domina nuestra sociedad, y cuando la gente gasta todo tipo de tiempo, esfuerzo y energía para eliminar la cruz del cristianismo y para escapar de las realidades a veces duras y responsabilidades de la vida cristiana madura, Kateri Tekakwitha se erige como un ejemplo heroico de cómo integrar el misterio de la cruz con el misterio de la resurrección de una manera que da honor y gloria a Dios y que garantiza un servicio de amor a su pueblo” (Monseñor Howard J. Hubbard, DD, Obispo de Albany, Nueva York)

Me llena de satisfacción la noticia de la próxima canonización de la beata Kateri Tekakwitha anunciada por el Santo Padre, Benedicto XVI, para el próximo 21 de octubre. Más aún cuando esta coincide con el comienzo de la celebración del Año de la Fe .

Conocí de su existencia hace poco más de dos años. Uno de mis hijos pasó unos meses en Milwoky y la familia que le acogió, con una generosidad fuera de lo habitual, le regaló una reliquia de esta beata india, hija de una algonquína cristiana capturada por los iroqueses y un jefe de la tribu Mohak.

Al principio pensé que era un presente cuanto menos original. Llena de curiosidad empecé a buscar documentación sobre esta joven aborigen de la tribu de los iroqueses. Y he de confesar que la vida del ““Lirio- o flor de pascua-, de los Mohawks”, como así la llaman, me fascino desde el primer instante.

En primer lugar, porque como bien señala La Hermana Kateri Mitchell, directora ejecutiva de la Conferencia Nacional Tekakwitha, del mismo clan Turtle de la nación mohawk, “la vida de la beata Kateri fue el vínculo de las dos tradiciones culturales — las formas tradicionales (americana nativa) y el catolicismo (…) Ambas tradiciones me han hecho personalmente más fuerte. Tenemos nuestros valores tradicionales y nuestros valores cristianos, y encuentro que los dos son compatibles en mi vida para caminar por el sendero en forma más fuerte y con mayor dedicación”. (1)

En segundo lugar, porque la vida de Kateri no fue fácil pero si extraordinaria. Es más, si la repasamos con atención nos tropezamos con una mujer tenaz y valiente que no dudó en abrazar la fe aún consciente de que esta decisión le provocaría el rechazo y el desprecio de su pueblo. El Padre John Paret, jesuita y miembro del personal del Santuario de Nuestra Señora de los Mártires en Auriesville, Nueva York, y uno de los vicepostuladores de la causa de Kateri, señala que “en esos días, el que una niña india no se casara era simplemente fuera de lo común, pero ella dijo: ‘No, quiero ser esposa de Cristo’ y nadie pudo quitarle eso de su cabeza”. Es más, Kateri Tekakwitha se erige como un ejemplo heroico de cómo integrar el misterio de la cruz con el misterio de la resurrección de una manera que da honor y gloria a Dios y que garantiza un servicio de amor a su pueblo”. (2)

Su espíritu de mortificación- en algunas ocasiones por el afán de expiar los excesos carnales de su pueblo, en otras como “actos de amor y agradecimiento” a Cristo y a la Santísima Virgen- , la llevo incluso a colocar brasas encendidas entre los dedos de los pies, hacer la oración de rodillas en la nieve, o dormir en un lecho de espinas como San Luis Gonzaga.

Además, me sorprende- por lo novedoso e inusual para la época-, como encontraba a Dios en las tareas ordinarias de su vida, como señalaba su director espiritual, el Padre Pierre Cholene , recogidas en la Positio de la causa de beatificación: “Ella logró, sin ningún otro maestro que el Espíritu Santo, un don sublime de la oración,(…) No lo hizo, sin embargo, a la exclusión de las realidades y los deberes de su vida, y de hecho tenía la sensación de que toda la realidad era el lugar donde podía ser buscada y encontrada(…)Al unirse a sí misma a Dios ella se adjunta al trabajo, como a un medio muy adecuado de la unión con Él, así como para conservar durante todo el día las buenas inspiraciones que había recibido en el por la mañana al pie del altar”.

Por esta razón, no es de extrañar que Juan Pablo II, el 22 de junio de 1980, en la Beatificación de cinco nuevos beatos entre los que se encontraba esta joven virgen piel roja, nos recordara que: “esta dulce, frágil y fuerte figura de una joven, muerta a los 24 años de edad: Catalina Tekakwitha, el «lirio de los Mohawks», la primera virgen iroquesa,(…) es gentil, dócil, laboriosa y pasa el tiempo trabajando, rezando y meditando. A los 20 años recibe el bautismo. Incluso en las temporadas de caza, siguiendo a su propia tribu, continúa sus ejercicios de piedad, que realiza ante una tosca cruz, que ella misma ha tallado en la selva. Invitada por su familia al matrimonio, responde con mucha serenidad y firmeza que tiene a Jesús como único esposo; tal decisión, consideradas las condiciones sociales de la mujer en las tribus indias de aquel tiempo, supone para Catalina el riesgo de vivir marginada y en la miseria. Es un gesto valeroso, contracorriente, profético: el 25 de marzo de 1679, a los 23 años, Catalina, con el consentimiento de su director espiritual, hace voto de perpetua virginidad, el primero conocido, de esa índole, entre los indios de Norteamérica.

Los últimos meses de su vida son una manifestación cada vez mayor de su fe sólida, de su límpida humildad, de su serena resignación, de su gozo luminoso, aun en medio de atroces sufrimientos. Sus últimas palabras, sencillas y sublimes, susurradas en trance de muerte, sintetizan, como cántico altísimo, una vida de purísima caridad: «Jesús, te amo»”.(3)

SU VIDA

En la web site oficial del Santuario Nacional de la beata Kateri Tekakwitha en Fonda (New York) encontramos esta pequeña biografía:

“Kateri Tekakwitha fue una joven Mohawk que vivió en el siglo XVII.La historia de su conversión al cristianismo, su coraje en la cara de sufrimiento y de su santidad extraordinaria es una inspiración para todos los cristianos. (…) Kateri nació en 1656 de una madre Algonquin y un jefe Mohawk en la aldea fortificada de Mohawk Canaouaga o Ossernenon (hoy en dia, Auriesville) en el estado de Nueva York. Cuando tenía sólo 4 años de edad sus padres y su hermano murieron de una epidemia de viruela. Kateri sobrevivió a la enfermedad, pero dejó su cara marcada y con una discapacidad grave en su vista.

Debido a su mala visión, Kateri fue nombrado “Tekakwitha", que significa “la que se tropieza con las cosas". Kateri fue recogida por su tío, que se opuso duramente al cristianismo. Cuando tenía 8 años de edad, la familia de acogida de Kateri, de acuerdo con las costumbres iroquesas costumbre, la emparejó con un niño a la espera que se casarían. Sin embargo, Kateri quería dedicar su vida a Dios.Su tío desconfiaba de los colonos debido a la forma en que trataban a los indios y que fueron los responsables de la introducción de la viruela y otras enfermedades mortales en la comunidad indígena.

Cuando Kateri tenía diez años, en 1666, una partida de guerra compuesta por soldados franceses e indios hostiles de Canadá destruyó las fortalezas de Mohawk situados en la orilla sur del rio Mohawk, incluyendo Ossernenon. Los mohawks supervivientes se trasladaron a la parte norte del río y construyeron su pueblo fortificado cerca del actual pueblo de Fonda. Kateri vivido en Caughnawaga, sede del Santuario de la actualidad, durante sus siguientes diez años.

Cuando Kateri tuvo 18 años de edad, comenzó las instrucciones de la fe católica en secreto. Su tío, finalmente cedió y dio su consentimiento para que Kateri se convirtiera al cristianismo, a condición de que ella no tratara de salir de la aldea india. Por unirse a la Iglesia Católica, Kateri fue ridiculizada y despreciada por los aldeanos. Fue sometida a acusaciones injustas y su vida se vio amenazada. Casi dos años después de su bautismo, en el lugar donde hoy se erige el Santuario de Kateri, se escapó a la Misión de San Francisco Javier, un asentamiento de indios cristianos en Canadá.

El pueblo en Canadá llamado Caughnawaga (Kahnawake). Aquí era conocida por su dulzura, amabilidad y buen humor. El día de Navidad 1677 Kateri hizo su primera comunión y en la Fiesta de la Anunciación en 1679 hizo voto de virginidad perpetua. Asimismo, se ofreció a la Santísima Madre para que la aceptara como una hija.

Durante su estancia en Canadá, Kateri enseñaba oraciones a los niños y trabajaba con los ancianos y enfermos. Ella solía ir a misa, tanto al amanecer como al atardecer. Ella era conocida por su gran devoción al Santísimo Sacramento y de la Cruz de Cristo.

Durante los últimos años de su vida, Kateri soportó un gran sufrimiento de una enfermedad grave. Ella murió el 17 de abril de 1680, poco antes de cumplir 24 años, y fue enterrado en Kahnawake, Quebec, Canadá.

Las últimas palabras de Kateri fueron:. “Jesos Konoronkwa”, que significa: “Jesús, Te amo”

Los testigos informaron de que a los pocos minutos de su muerte, las marcas de viruela le desaparecieron por completo y su rostro resplandecía con encanto radiante.

Antes de su muerte, Kateri prometió a sus amigos que iba a seguir amando y orar por ellos en el cielo. Tanto los nativos americanos y los colonos, de inmediato, comenzaron a orar por su intercesión celestial. Varias personas, incluyendo a un sacerdote que asistió a Kateri durante su última enfermedad, informaron que Kateri se les había aparecido y muchos milagros de sanación fueron atribuidos a ella".

Novena a la Beata Kateri

Kateri, hija favorita, Flor de la algonquinos y lirio de los mohawks, venimos a buscar tu intercesión en nuestra necesidad actual: (mencionar aquí).

Admiramos las virtudes que adornaban tu alma: el amor a Dios y al prójimo, la humildad, la obediencia, la paciencia, la pureza y el espíritu de sacrificio.

Ayúdanos a imitar tu ejemplo en nuestra vida. A través de la bondad y la misericordia de Dios, que te bendijo con tantas gracias que te llevaron a la verdadera fe y con un alto grado de santidad, ruega a Dios por nosotros y ayúdanos.

Concédenos una devoción muy ferviente de la Sagrada Eucaristía para que podamos amar a la Santa Misa como tu lo hiciste y recibir la Santa Comunión con la frecuencia que nos sea posible. Enséñanos también a ser devotos como tú, de nuestro Salvador crucificado , que con gozo podamos llevar nuestras cruces de cada día por amor a El. Quien tanto ha sufrido por amor a nosotros. Más que todo te ruego que ores para que podamos evitar el pecado, llevar una vida santa y salva nuestras almas. Amén.

En acción de gracias a Dios por las gracias concedidas a Kateri: un Padre Nuestro, Avemaría y Gloria tres de Be. Kateri, la flor de los algonquinos y lirio de los mohawks, ruega por nosotros.(4)

(1)Tom Tracy escribe desde West Palm Beach, Florida

(2)Tres cualidades de Kateri Tekakwitha, el obispo Hubbard

(3)Juan Pablo II, Santa misa para la proclamación de cinco nuevos beatos,22 de junio de1980)

(4) Del libro del Padre Lovasik: Kateri de los mohawks

infocatolica.com/blog/geniofemenino

sábado 14 de enero de 2012

UNA VIRTUD SILENCIOSA: LA AMABILIDAD



Algo esencial para una convivencia pacífica

MADRID, viernes 13 enero 2012 (ZENIT.org).- Ofrecemos a nuestros lectores la firma del arzobispo castrense de España Juan del Río Martín, quien aborda en este artículo una sencilla pero gran virtud hoy bastante olvidada, fruto de la contención del egoísmo propio, que puede contribuir a hacer mucho más agradable la vida a nuestro alrededor: la amabilidad.

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+ Juan del Río Martín

Han pasado las fiestas navideñas donde, en principio, todo es cordialidad, amabilidad y cortesía. Sin embargo, hay no pocos casos en que el “espíritu de contradicción”, de algunos, enturbia el ambiente familiar o de amistad. Con demasiada frecuencia, la grosería, la falta de respeto y la prepotencia verbal parece el hilo conductor de muchas conversaciones, ello envenena el ambiente social y familiar. A esto hay que añadir, la crispación que crea la actual situación de crisis económica, financiera y moral que padecemos. Por ello, al comenzar un nuevo año, no está mal que hablemos de la virtud de la amabilidad o afabilidad como algo esencial para una convivencia pacífica.

Las relaciones de las personas con sus semejantes, tanto en palabras como en los hechos, requieren unos comportamientos que hagan más grata y amable la vida a quienes les rodean. Del mismo modo que no es posible vivir en sociedad sin la verdad, la afabilidad es necesaria en la vida comunitaria. Digamos que ser afable con quienes se convive es un cierto deber natural de honestidad, porque lo requiere la misma justicia del trato que merece todo persona por su dignidad ¡Qué difíciles se hacen las relaciones humanas cuando hay que aguantar o sobrellevar a una persona triste, desagradable o malhumorada! Parece como si todo se ennegreciera alrededor. Es entonces cuando se echa de menos la afabilidad, virtud que hace poco ruido y que sin embargo, por su misma naturaleza, es opuesta al egoísmo, al gesto destemplado, a la mala educación, a los gritos, a la violencia, al rencor, a la obstinación.

Es verdad que una palabra amable se dice pronto, pero a veces se nos hace difícil pronunciarla debido al cansancio, a las preocupaciones, al estrés de la vida moderna, o a la indiferencia egoísta. Así sucede que pasamos al lado de las personas que más tratamos y la frialdad del silencio, o la severidad del gesto, hacen como si las ignoráramos. Por ello, dice el beato Juan Pablo II que “bastaría una palabra cordial, un gesto afectuoso, e inmediatamente algo se despertaría en ellas: una señal de atención y de cortesía puede ser una ráfaga de aire fresco en lo cerrado de una existencia, oprimida por la tristeza y por el desaliento” (11.2.1981).

Los vicios contrarios a la virtud de la amabilidad son: el autoritarismo, la adulación, la vana palabrería o la charla que busca obtener algunas ventajas personales. Una persona afable sabe llegar al corazón y a la vez mantener la suave distancia e independencia que requiere las sanas relaciones interpersonales. Digamos que se sitúa en el punto medio, entre lo mucho y lo poco.

El amor a Dios fortalece y amplía en el cristiano los horizontes de la virtud humana de la afabilidad. El anuncio del Evangelio como Buena Noticia requiere, tanto de los sacerdotes como de los seglares, afabilidad, amabilidad, cordialidad, gentileza, urbanidad, sociabilidad. Con caras largas, modales bruscos y aires antipáticos no estimulamos a seguir a Jesucristo y a permanecer en su Iglesia. Los “nuevos evangelizadores” han de estar caracterizados por saber comunicar afablemente en todo momento y lugar ¡Aprendamos a saber decir las cosas como lo hace nuestro santo padre Benedicto XVI, que es la cercanía y la amabilidad personificada!

Por último, no perder de vista que el apóstol, el pastor, el catequista o cualquier cristiano tiene que tratar a los otros como el Señor trataba a todos aquellos con quienes se encontraba: sanos, enfermos, ricos, pobres, niños, mayores, mendigos, pecadores… Hagamos lo que hizo Él y seguro que seremos más generosos, amables y respetuosos en nuestra convivencia diaria en este nuevo año.

domingo 1 de enero de 2012

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS


Santa María, Madre de Dios

01 Enero

Es el mejor de los comienzos posibles para el santoral. Abrir el año con la solemnidad de la Maternidad divina de María es el mejor principio como es también el mejor colofón. Ella está a la cabeza de todos los santos, es la mayor, la llena de Gracia por la bondad, sabiduría, amor y poder de Dios; ella es el culmen de toda posible fidelidad a Dios, amor humano en plenitud. No extraña el calificativo superlativo de "santísima" del pueblo entero cristiano y es que no hay en la lengua mayor potencia de expresión. Madre de Dios y también nuestra... y siempre atendida su oración.

Los evangelios hablan de ella una quincena de veces, depende del cómputo que se haga dentro de un mismo pasaje, señalando una vez o más.

El resumen de su vida entre nosotros es breve y humilde: vive en Nazaret, allá en Galilea, donde concibió por obra del Espíritu Santo a Jesús y se desposó con José.

Visita a su parienta Isabel, la madre del futuro Precursor, cuando está embarazada de modo imprevisto y milagroso de seis meses; con ella convive, ayudando, e intercambiando diálogos místicos agradecidos la temporada que va hasta el nacimiento de Juan.

Por el edicto del César, se traslada a Belén la cuna de los mayores, para empadronarse y estar incluida en el censo junto con su esposo. La Providencia hizo que en ese entonces naciera el Salvador, dándolo a luz a las afueras del pueblo en la soledad, pobreza, y desconocimiento de los hombres. Su hijo es el Verbo encarnado, la Segunda Persona de Dios que ha tomado carne y alma humana.

Después vino la Presentación y la Purificación en el Templo.

También la huída a Egipto para buscar refugio, porque Herodes pretendía matar al Niño después de la visita de los magos.

Vuelta la normalidad con la muerte de Herodes, se produce el regreso; la familia se instala en Nazaret donde ya no hay nada extraordinario, excepción hecha de la peregrinación a Jerusalén en la que se pierde Jesús, cuando tenía doce años, hasta que José y María le encontraron entre los doctores, al cabo de tres días de angustiosa búsqueda.

Ya, en la etapa de la "vida pública" de Jesús, María aparece siguiendo los movimientos de su hijo con frecuencia: en Caná, saca el primer milagro; alguna vez no se le puede aproximar por la muchedumbre o gentío.

En el Calvario, al llegar la hora impresionante de la redención por medio del cruentísimo sufrimiento, está presente junto a la cruz donde padece, se entrega y muere el universal salvador que es su hijo y su Dios.

Finalmente, está con sus nuevos hijos _que estuvieron presentes en la Ascensión_ en el "piso de arriba" donde se hizo presente el Espíritu Santo enviado, el Paráclito prometido, en la fiesta de Pentecostés.

Con la lógica desprendida del evangelio y avalada por la tradición, vivió luego con Juan, el discípulo más joven, hasta que murió o no murió, en Éfeso o en Jerusalén, y pasó al Cielo de modo perfecto, definitivo y cabal por el querer justo de Dios que quiso glorificarla.

Dio a su hijo lo que cualquier madre da: el cuerpo, que en su caso era por concepción milagrosa y virginal. El alma humana, espiritual e inmortal, la crea y da Dios en cada concepción para que el hombre engendrado sea distinto y más que el animal. La divinidad, lógico, no nace por su eternidad

El sujeto nacido en Belén es peculiar. Al tiempo que es Dios, es hombre. Alta teología clasifica lo irrepetible de su ser, afirmando dos naturalezas en única personalidad. El Dios infinito, invisible, inmenso, omnipotente en su naturaleza es ahora pequeño, visible, tan limitado que necesita atención. Lo invisible de Dios se hace visible en Jesús, lo eterno de Dios entra con Jesús en la temporalidad, lo inaccesible de Dios es ya próximo en la humanidad, la infinitud de Dios se hace limitación en la pequeñez, la sabiduría sin límite de Dios es torpeza en el gemido humano del bebé Jesús y la omnipotencia es ahora necesidad.

María es madre, amor, servicio, fidelidad, alegría, santidad, pureza. La Madre de Dios contempla en sus brazos la belleza, la bondad, la verdad con gozoso asombro y en la certeza del impenetrable misterio.

Publicado en conoceréis de vedad


viernes 9 de diciembre de 2011

ADVIENTO: ACOMPAÑAR A MARÍA



Pbro Dr. Antonio Orozco Delclós

Tiempo para acompañar a la Virgen grávida durante las últimas semanas de su Buena Esperanza, cuando el peso de Jesús se hace sentir más.

Junto a otras muchas consideraciones que obtenemos de la meditación de los textos litúrgicos del tiempo de Adviento, hay una que no me gustaría olvidar.

«Estamos ya habituados al término «adviento» -decía el Papa Juan Pablo II el 29 de noviembre de 1978-; sabemos qué significa; pero precisamente por el hecho de estar tan familiarizados con él, quizá no llegamos a captar toda la riqueza que encierra dicho concepto. Adviento quiere decir "venida". Por lo tanto, debemos preguntarnos: ¿Quién es el que viene?, y ¿para quién viene? En seguida encontramos la respuesta a esta pregunta. Hasta los niños saben que es Jesús quien viene para ellos y para todos los hombres. Viene una noche en Belén, nace en una gruta que se utilizaba como establo para el ganado. Esto lo saben los niños, lo saben también los adultos que participan de la alegría de los niños y parece que se hacen niños ellos también la noche de Navidad.»

Gran sabiduría la del Papa. Necesitamos volver una y otra vez sobre las verdades más conocidas, para ahondar en ellas y arrancarles luces nuevas: ¿Quién viene? Jesús. ¿Quién es Jesús? Es Cristo, el Mesías, el Salvador, el Señor. ¿Quién es Cristo? De nuevo responde el Papa: «Cristo es la alfa y la omega, el principio y el fin. Gracias a Él, la historia de la humanidad avanza como una peregrinación hacia el cumplimiento del Reino, que él mismo inauguró con su encarnación y su victoria sobre el pecado y la muerte. Por eso, Adviento es sinónimo de esperanza: no es la espera vana de un dios sin rostro, sino la confianza concreta y cierta del regreso de Aquél que ya nos ha visitado, del "Esposo" que con su sangre ha sellado con la humanidad un pacto de eterna alianza. Es una esperanza que estimula la vigilancia, virtud característica de este singular tiempo litúrgico. Vigilancia en la oración, alentada por una expectativa amorosa; vigilancia en el dinamismo de la caridad concreta, consciente de que el Reino de Dios se acerca allí donde los hombres aprenden a vivir como hermanos».

Esperamos a un Dios con Rostro

Esperamos a un Dios con rostro; con un rostro humano que es verdaderamente de Dios. Es el misterio esencial del cristianismo, el misterio de la Encarnación. No somos náufragos a la deriva con esperanzas inciertas de salvación. No somos nosotros los que hemos de construir puentes entre la tierra y el cielo. Hay un puente, un Pontifex, un constructor de puentes que se ha hecho él mismo Puente: Jesucristo, Dios humanado. Dios que busca al hombre. El amor a Dios no procede del hombre, es Dios quien nos ha amado primero y ha venido a buscarnos, a darnos su amor y su vida para salvarnos y vuelve una y otra vez, año tras año… con rostro de niño.

Podía haber venido con rostro de adulto, poder tenía para ello, como pudo ser concebido en el seno virginal de María Inmaculada. Pero no, quiso asumir nuestra existencia enteramente igual a la nuestra con la única salvedad del pecado. Llega a la tierra despojado de toda gloria divina y de toda posible gloria humana. Ese minúsculo ser humano casi invisible es sacratísimo, tiene valor divino, es la naturaleza humana de una Persona divina. Es la fulminación de la soberbia, de la vanagloria, de la codicia, de la envidia, de la estupidez. Es el inicio de una nueva era de la Humanidad. Dios ya tiene rostro humano. Hay un rostro humano que manifiesta el rostro de Dios. Hay un embrión que es Dios y se está gestando en el seno de una Virgen.

Adviento, tiempo mariano

Tiempo para acompañar a la Virgen grávida durante las últimas semanas de su Buena Esperanza, cuando el peso de Jesús se hace sentir más. Ella va nutriendo en su seno –teje que teje- la naturaleza humana del Hijo Unigénito del Padre. Y siente el peso, un peso dulce, del Hijo de Dios humanado.

Vive a la letra lo que unos siglos más tarde dirá lapidariamente san Agustín: «mi amor es mi peso» (Amor meus, pondus meus). Se refería el obispo de Hipona a que así como todas las cosas tienden a su centro de gravedad, su corazón se precipitaba al Amor inmenso de Dios, como atraído por irresistible imán. María llevaba en su seno inmaculado el verdadero Centro de todas las cosas, de todo amor, que bien es llamado Amor de los amores. ¡Qué peso! ¡Qué responsabilidad! ¡Qué cuidado! ¡Qué olvido de sí!

Adviento es tiempo para acompañar a Nuestra Madre y «ayudarla» a llevar el peso de Dios, el peso de Jesús hasta Belén. Es tiempo de confidencias con la Portadora de Dios Hijo hecho Niño en su seno (cristófora). Es muy necesario, porque lo más parecido a la Santísima Virgen de viaje a Belén es el cristiano de viaje por el mundo, sobre todo cuando acaba de recibir a Jesús Sacramentado (cristóforo). Normalmente, el cristiano que vive de la fe, está en gracia de Dios y es templo del Espíritu Santo, tanto como decir asiento de la Trinidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo inhabitan en el alma del «justo». Habitualmente –solía decir san Josemaría- en nuestro corazón hay «un cielo». Habita o –según dicen los teólogos reforzando la expresión- «inhabita» Dios Uno y Trino.

- ¿Cómo es posible? ¡Si no se nota nada!

Bueno, preciso es reconocer que nuestra sensibilidad es escasa. San Pablo dice que el Espíritu Santo clama en nuestro corazones el grito de nuestra filiación divina: «Abbá!», ¡Padre! (más exactamente: ¡Papá!). Escucha. ¿No oyes? Tal vez te faltan algunos años de silencio interior. Tendrías que empezar ya a entrenarte un ratito cada día. Lo mejor sería acudir a la Virgen:

- Mamá, no oigo nada.

- Ven, hijo mío. Con este tapón en los oídos, ¿cómo vas a oír?

Su maternidad se extiende a tantas gentes…; y muchas no conocen a su Madre ni a su Padre, no saben de su filiación divina ni de su filiación mariana y andan por derroteros que separan de su Hijo. Ha de ser un peso grave éste, para Ella.

Con Ella se aprende a llevar el peso de Dios, y de todo lo que es de Dios, lo que Dios ha querido poner sobre nuestros hombros.

En primer lugar, el peso de la propia existencia, que al avanzar el tiempo va haciéndose más gravoso. La famosa «levedad del ser» sólo puede parecer al que vive en la espuma de la vida; no a quien vive la existencia en profundidad. En ocasiones incluso el «ser», la existencia, la vida, puede hacerse muy pesada. Además, siempre es preciso llevar el peso de otros, según la máxima del Apóstol: «llevad los unos las cargas de los otros». En ocasiones, se hace largo el camino. «Sucede que a veces me canso de ser hombre», como escribió el poeta. Es el momento de decírselo claramente, sin tapujos, a Jesús, que se preocupó de aquellos que le siguieron durante tres días y les multiplicó los panes y los peces «no sea –dijo, antes del comenzar el prodigio- que les falten las fuerzas en el camino».(Mt 15, 32). El Señor está en ese detalle vital. Por otro lado, cuando falta algo, por material que sea, la Madre de Dios siempre será atendida por su Hijo. Dirá: «No tienen vino». Y el vino correrá en abundancia, al menos en la medida que sea menester. En el vino de Caná se engloban todas las necesidades vitales del hombre y María es la sapientísima -¡graciosísima, llena de gracia humana y divina!- presentadora de la indigencia de sus hijos así como la Administradora del Paraíso.

En ocasiones, nos ayudará a comprender que lo que nos hace falta no es justamente vino, sino la voluntad de no tomarlo y caeremos en la cuenta de que el peso de la existencia -como el yugo de Cristo-, es suave y el peso ligero…, cuando permitimos que Él y Ella lo lleven con nosotros.

El peso del trabajo, de las relaciones familiares, profesionales, sociales, económicos, de la debilidad física o moral, es llevadero y quizá incluso liviano y gozoso, si lo llevamos con el espíritu de quien sabe que todo es para el bien de los que aman a Dios. De este modo vivimos el espíritu de penitencia y purificación –tan propio del tiempo de Adviento-, como debe ser, con alegría honda, esperanzada y agradecida.

Dios carga sobre nosotros «su peso» para que con Él, por Él y en Él santifiquemos esta existencia de corta duración, santificando todo lo que toquemos: los deberes de estado, los deberes de cristianos coherentes, para arribar con el espíritu enhiesto, purificado, entero, al Belén eterno, punto de referencia cierto e indispensable para recorrer con garbo el camino de la vida en la tierra.

Tiempo de alegrarse con María

Adviento es, pues, tiempo para conversar con María. ¿De qué? ¿Acerca de qué sueles conversar las personas? Pues de los puntos que tenemos en común, de las coincidencias. Hemos comenzando por el saludo del Ángel: ¡Alégrate! Una feliz coincidencia. ¿Acaso un cristiano no ha oído nunca de parte de Dios a un ángel –un padre, una madre, un hermano, un amigo, un pastor…- que le haya dicho «¡alégrate!», porque eres cristiano, porque has hallado gracia ante Dios, porque en las aguas del bautismo el Espíritu ha descendido sobre ti, te ha ungido y te ha llenado de gracia, te ha hecho santo, hijo de Dios, consorte de la divina naturaleza, partícipe de la vida divina…?

¿Nunca te ha dicho nadie esto? Pues ya va siendo hora. La alegría será progresiva, a medida que pasen los días y se incremente el peso de la responsabilidad.

María es mujer singular, belleza única. Pero los hijos de Dios participan de todas las facetas de su gracia. Descúbrelas. Acércate, pregunta, infórmate. Decía Juan Pablo II aquel mencionado 29 de noviembre de 1978: «El hombre tiene el derecho, e incluso el deber, de preguntar para saber. Hay asimismo quienes dudan y parecen ajenos a la verdad que encierra la Navidad, aunque participen de su alegría. Precisamente para esto disponemos del tiempo de Adviento, para que podamos penetrar en esta verdad esencial del cristianismo cada año de nuevo». Si Dios quiere y nos da tiempo, algo podremos hacer desde aquí.

De momento preguntemos directamente a la que ya es Madre de Dios, cómo fue su alegría el día de la Anunciación, al comienzo de «su» Adviento. Enseguida se ve que no tiene palabras para decirlo, ha de emplear sus ojos, su mirada, su sonrisa, sus manos, ahora juntas en actitud orante, enseguida abiertas con los abrazos abiertos para abrazar la entera creación y al Creador…; su gesto, su respiración, toda Ella…. Tendría que saltar y bailar para decírnoslo adecuadamente. Pero quizá no hiciera nada de esto. Algún día lo sabremos.

«Llena de gracia»

¿También en esto coincidimos con Nuestra Madre? Pues, sí, en cierta en medida, sí. Nosotros con medida, Ella sin medida. La Virgen es llena de gracia desde el momento de su concepción. Nosotros necesitamos del Bautismo enseguida de nacer, para borrar el pecado de origen y restaurar la original imagen de Dios que es cada criatura humana. En ese sacramento, con el agua se derrama en el alma el Espíritu Santo, nos limpia, nos purifica, nos llena de su vida y de su amor; nos convierte en templos suyos y de la Trinidad, somos ya miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Nuestra medida es ciertamente menor que la de la Madre de Dios, concebida sin mancha de pecado original, dotada de todas las perfecciones humanas a disposición de su Creador y con toda la gracia divina que cabía en su inmensa capacidad de recibir con perfecta humildad. Llena de gracia desde el momento de su Concepción Inmaculada. Nos aventaja pues en modo prácticamente infinito. Pero la gracia que los bautizados hemos recibido en el sacramento del bautismo es una medida también «llena». Y en cada momento de nuestra vida recibimos toda la gracia que somos capaces de recibir. Esa capacidad nos la da Dios, pero también depende de nosotros: depende de nuestra humildad. Es humilde la persona que «anda en verdad». Humildad es la verdad. La verdad es que «Dios es Dios» y «el hombre es criatura». Somos receptores. Dios es pura generosidad. Y no da lo queremos: «Pedid y se os dará». La palabra de Dios no puede fallar. Dios es la verdad y la fidelidad.

Si no tenemos más gracia, más vida interior, más participación en la vida divina, más intimidad con Dios, es por falta de apertura a la gracia, por falta de deseos. Toda la vida cristiana, dice Agustín, «consiste en un santo deseo» (sanctum desiderium est). El deseo ha de ser santo, fuerte, vehemente, audaz, persistente, tenaz; la petición, confiada, llena de fe, hasta conseguir lo que pedimos. Cuanto más pedimos, más deseamos, más aumenta la capacidad de recibir. Quizá pedimos poco, porque deseamos poco y recibimos poco. «Al que tiene se le dará y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado». Parece una gran injusticia que al que tiene poco se le quite aún lo poco que tiene. Pero Dios no es injusto y nos está diciendo que nadie tiene derecho a decir que tiene poco, o a quedarse con poco. Todos estamos en condiciones de recibir mucho, pero hemos de querer recibir mucho; no un día ni dos, sino todos los días, hasta que recibamos el ciento por uno y la vida eterna. Palabra de Dios que la recibiremos.

Si acaso hemos perdido por el pecado la gracia santificante que nos abre y une a la intimidad divina, es menester ir corriendo a la confesión sacramental. De lo contrario permaneceríamos en la absurda situación de la criatura de espaldas al creador, del río desconectado de su fuente, de la vida separada del vivir. No coincidiríamos con la Llena de Gracia. Pero aún así, Ella estaría muy cerca, esperando ansiosa el momento de podernos asirnos de la mano y conducirnos al sacramento de la penitencia. Entonces: «Yo te absuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…». Recobramos la gracia bautismal. Recobramos la filiación divina «viva», la vida «en Dios», Padre, Hijo y Espíritu Santo. Coincidimos con María, no sin su asistencia. «Ipsa duce», Ella misma nos ha llevado de la mano y ahora nos mantiene bajo su manto. Volvemos a estar «llenos de gracia», en la medida de nuestra capacidad de recibir.

Ahora es cosa de comprender que la «gracia santificante» es vida. Y la vida no puede estarse quieta, no puede parar ni sosegar hasta hallar su plenitud posible. Si está llena nuestra capacidad de recibir, esa capacidad nuestra no es la mayor posible. Se precisa ensanchar el corazón, amar más, pedir más, ambicionar más, porque necesitamos más, porque el Amor de Dios es infinito, nos ama infinitamente y quiere darnos infinitamente más. Nos ha creado con una naturaleza finita pero abierta por el entendimiento y la voluntad al Infinito Absoluto. No hay otro descanso para el ser racional que la posesión del don infinito que Dios nos tiene preparado, para el que nos ha creado y al que nos llama.

Cada día, a cada hora, a cada rato, en todo momento, la gracia –el Amor de Dios- nos busca, nos requiere, nos hace señas para que advirtamos su cercanía, su voluntad de donación.

Destinada a crecer, a semejanza de Jesús –y por tanto, de María- que creció en sabiduría, estatura y gracia ante Dios y ante los hombres.

Se columbra una Luz a lo lejos. Se adivina cercano el cielo de Belén, los pastores, los Ángeles, la estrella, los Magos… Allá haremos un alto en el camino, pausado y sabroso, para adorar mucho y besar al Niño Dios. Luego, le seguiremos – con María y José – a dondequiera que vaya.

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